Tal y como dice el título, una de las cosas que más preocupa a los
padres y madres es la etapa en la que los niños empiezan a morder y a
ser mordidos.
Para una seño, es un momento muy difícil, explicar a los padres que un niño ha mordido o ha sido mordido.
¿Por qué ocurre?
Los bebés emplean su boca para explorar, aprender y también para
relacionarse. Es una de las partes de su cuerpo que se encuentran más
desarrollada. En ocasiones con la dentición necesitan calmar sus encías,
con lo cual, muchas veces muerden porque carecen de autodominio y actúan
impulsivamente.
En la etapa de 1 a 2 años es más común
que los niños actúen de esta manera. A esta edad comienzan a socializar,
a relacionarse con sus coetáneos,
pero aún no poseen un lenguaje ni tienen las habilidades suficientes
para comunicarse. Morder es una manera de conseguir un juguete o llamar
la atención. También lo hacen cuando están nerviosos o se sienten
frustrados: ante situaciones nuevas, la llegada de un hermanito, el
ingreso en la guarde… Otros niños sencillamente muerden por
imitación.
Cuando la etapa preescolar acaba, suelen
desaparecer estas conductas, si persisten, debemos buscar algo detrás de
ese comportamiento. En esta edad los niños ya disponen de mecanismos
suficientes para gestionar su enfado.
¿Qué debemos hacer?
Hay que explicarle que “no se puede hacer daño” mirándole a los ojos.
Si el niño esta jugando debe separarse de la actividad (dos minutos son
suficientes), si quiere continuar jugando con los demás tendrá que
parar de morder. También es aconsejable que tenga una conducta
reparadora: ayudarle a curar al amigo, darle un beso, pedirle disculpas…
Prohibir una conducta no significa que el pequeño entienda cual es
la conducta acertada. A los niños hay que servirles ejemplos a seguir;
por ejemplo mostrarles nuevas formas de relación, utilizar el lenguaje,
esperar turnos, pedir prestado, acariciar a sus amigos…
Cuando el niño exhiba conductas positivas (pedir permiso para coger
el juguete de otro niño, por ejemplo) debemos elogiarle, valorarles
cuando estén jugando de manera “pacífica” con otros pequeños.
Gritar, amenazar o castigar al niño no va a ayudar, ya que son
respuestas que no se dirigen a la causa real, el niño se sentirá peor y
morderá más.Y por supuesto, nunca debemos morder nosotros para que vean lo que se siente.
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